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Metiendo chongo desde 1432 (año islámico)

Imperios del Sol: Aurora

Por: Byron McSutton | 3 de septiembre de 2012 |  vistas 

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Capítulo 1, ii

“¡Tomen eso, japs hijos de puta!”, vociferó Samuel Kemp tras atacar el bombardero enemigo. Su euforia se disipó rápidamente, ya que tenía otra cosa mucho más urgente de qué preocuparse. Había sorprendido a la formación enemiga con la táctica de atacarlos desde la dirección del sol, lo cual impidió que sus artilleros lo vieran sino hasta que fuera demasiado tarde. Siendo poco más de la 1pm, esto significaba que el teniente Kemp se encontraba en un descenso casi vertical.

Vamos, vamos, vamos, se repetía a sí mismo mientras jalaba la palanca de control. Podía oír cómo crujía el fuselaje del avión –especialmente las frágiles alas sostenidas con alambres– por la realización de una maniobra muy poco recomendable para un avión de esa clase. Si bien el sonido del viento ahogaba cualquier otro sonido –el pequeño P-26 carecía de una cabina completamente cerrada– de todas maneras podía sentir su corazón latiendo a mil revoluciones por minuto. Un impacto de noventa grados contra el istmo de Panamá sería una manera poco gloriosa de terminar su brevísima participación en la guerra.

Kemp dio un suspiro de alivio cuando finalmente logró enderezar al P-26. Miró a sus alrededores para ubicar a la formación que había atacado. “Mierda”, comentó a nadie en particular al verlos a varios miles de pies por encima de él.

Todos menos uno. Uno de los bombarderos enemigos estaba perdiendo altura mientras uno de sus motores soltaba un grueso humo negro. ¡Una pieza cobrada! Tuvo que detenerse un momento para acordarse de la designación de la aeronave para poder reportar su derribo. Antes de logarlo, sin embargo, recordó que su avión de persecución ni siquiera tenía una radio a bordo. Esos nombres japoneses son imposibles, de todos modos. Fue recién cuando el bombardero finalmente impactó en el océano que Sam se percató de que sus tripulantes no se habían lanzado de él en paracaídas.

Con la esperanza de obtener otra victoria aérea, aumentó la aceleración de su Peashooter y trató de recuperar la altura perdida. Con solo dos ametralladoras, sin embargo, el P-26 realmente parecía un “dispara-arvejas” en comparación con los aviones de persecución más modernos. Con tan poco poder de fuego, Kemp se consideró bastante afortunado de lograr su primer derribo contra un bombardero bimotor. Pero donde uno tenía suerte una vez la podía tener dos veces, así que se empeñó en cortar la distancia con el enemigo.

La brecha se hacía cada vez más grande, sin embargo. Un compañero de sus días de entrenamiento, Justin Hankins, le había comentado en un bar de Panamá que cuando los alemanes invadieron Polonia en 1939, los persecuciones de los pilotos polacos tenían una velocidad inferior a la de los bombarderos alemanes. Kemp no tenía problemas con contar chistes a costa de los polacos, pero en ese instante creyó sentir algo de la frustración que aquellos deben haber sentido. “Carajo”, murmuró al constatar que los bombarderos se internaban en el Océano Pacífico y que no los podría alcanzar.

Resignado, empezó a dirigirse al oeste, hacia la base aérea de Río Hato, pero lo reconsideró. Había despegado sin permiso, en un avión sin radio y sin esperar al resto de su escuadrón. Pero en realidad, si hubiera esperado a que los demás pilotos se recuperaran de la borrachera del sábado y llegaran al aeródromo, probablemente no habría despegado sino hasta el lunes. El que él también estuviera con resaca no le causaba mayor preocupación.

Además de otro acto de indisciplina, estaba seguro de que el panameño cuyo carro “requisó” a punta de pistola para llegar más rápidamente a la base tendría mucho de qué quejarse. Si voy a estar en problemas, aunque sea me divertiré un poco más. Un derribo quizá le serviría para atenuar las reprimendas. Con dos, quizá podría pedir que los trasladen a una unidad con persecuciones de verdad. Enrumbó hacia el canal. Podría haber más enemigos.

No pasaron más que un par de minutos antes de que detectara otros blancos: una formación de bombarderos dirigiéndose al sur, probablemente tras atacar el aeródromo de La Chorrera. El piloto de persecución evaluó rápidamente la situación y concluyó que no tendría tiempo para repetir la maniobra anterior. Tendría que atacarlos en el flanco, desde la misma altura. Acá vamos.

Esta vez los bombarderos detectaron su llegada, y abrieron un intenso fuego defensivo. En medio del fuego de ametralladoras, Kemp se mantuvo firme en el ataque y soltó su propia andanada. En un par de segundos ya se encontraba del otro lado de la formación enemiga, pero estaba casi seguro de haber logrado algunos impactos en uno de ellos. Una rápida mirada a su fuselaje le confirmó que también había recibido impactos, y los bombarderos enemigos le seguían disparando. El motor empezó a hacer un sonido extraño.

Echó una rápida mirada hacia atrás. Ningún bombardero se estaba rezagando o perdiendo altura. Carajo. No habría un derribo adicional. El momento de regresar a base había llegado. Eso es, asumiendo que la base siguiera en existencia, cosa que no podía dar por descontado. Se dirigió a Río Hato.

Lo que le perturbaba de ese último ataque era el no haber reconocido el modelo de los bombarderos japoneses. La cola de doble timón los diferenciaba del primer grupo que interceptó ¿Nos habrán atacado con un modelo nuevo? Cuando empezó a preguntarse si las redondelas que identificaban la identidad de los aviones tenían algo de extraño, fue interrumpido por una visión que le volvió a acelerar el pulso.

A su tres en punto, cuatro persecuciones Tipo 0 japoneses estaban virando para ponerse en su cola. Ay, carajo. Inclinó la palanca de dirección hacia la derecha, hacia la curva de los japoneses. El P-26 podría ser un avión lento, frágil y poco armado. Pero si algo tenía a su favor, era su maniobrabilidad. Era lo único con que podría contar para salir vivo de esta.

Mas no le estaba dando resultado. Los persecuciones japoneses igualaron el radio de su curva, y la fueron estrechando también. Pronto podrían dispararle prácticamente a bocajarro.

Un último recurso. Kemp inclinó aun más al Peashooter hasta estar de cabeza y jaló fuertemente la palanca de control. Sintió una fuerte presión que lo aplastaba contra el asiento. Vamos, vamos, vamos. Frente a cuatro persecuciones enemigos, los crujidos del fuselaje le resultaban una preocupación secundaria.

Fue fútil, sin embargo. O los persecuciones japoneses eran buenos, o lo eran sus pilotos. Peor aún sería que fuera una combinación de ambas cosas. Cualquiera que fuera el caso, al enderezarse, Samuel Kemp divisó en sus espejos que ellos no habían tenido mayores dificultades para seguirlo en su maniobra. No le quedó más que ver con terror cómo los trazadores se iban acercando cada vez más a su avión hasta que…

“¡Mierda!” Un proyectil de 20mm reventó un hoyo en su ala izquierda, provocando que empezara a incendiarse. Las balas de ametralladora empezaron a impactar por todas partes del P-26.

Intentó mantener control sobre el avión mientras se desabrochaba el cinturón. Tan solo en ese momento dio gracias por estar en un avión sin cabina completa. Se lanzó por la borda, cabeza primero, rezando por que la cola no le impactara en la cabeza. Un amigo suyo había muerto así cuando estaban en entrenamiento.

Instantes después estaba en caída libre, fuera de control. En medio de la dificultad para respirar, tiró de su paracaídas. Sintió un fuerte jalón en todo el cuerpo que casi le hizo perder el conocimiento, pero pronto se recompuso. Vio a lo lejos a su P-26 descendiendo en llamas y fuera de control. Y un poco más allá vio a los persecuciones japoneses dar una vuelta suave y dirigirse hacia él.

El terror se volvió a apoderar de él. Ahí estaba, flotando en el aire, completamente indefenso y sin posibilidad de emprender acción evasiva alguna. Nadie extrañaría un obsoleto P-26, pero un piloto menos sí sería una baja sensible. Por lo menos para él lo sería.

Como acto reflejo puso los brazos y piernas frente de su cuerpo. Sabía que de poco serviría si intentaban ametrallarlo. Aun peor, podrían dispararle a su paracaídas y dejar que la gravedad se hiciera cargo de él.

La borrachera del día anterior pasó por su mente. Justin le había advertido que su reputación de indisciplinado le había quitado toda posibilidad de ser asignado a los escuadrones equipados con los persecuciones más modernos. Solo una guerra podría revivir el callejón sin salida en que se había vuelto su carrera. “Si eso es lo que se necesita, ¡que haya guerra!”, había contestado, entre copa y copa. Y ahora que su deseo se había cumplido concluyó que era mil veces mejor ver truncada la carrera que la vida.

Los Tipo 0s pasaron a menos de cien metros de distancia. Fue nada más que un instante, pero Sam pudo ver que el piloto líder le dio un saludo amistoso, tras el cual se alejaron rápidamente a seguir buscando blancos. Por lo pronto, un tal Samuel Kemp seguiría vivo. A pesar de no ser especialmente religioso, murmuró un “Gracias Señor”. 
 
 
 

Cuando no está escribiendo sobre una historia imaginaria, Byron McSutton se dedica a enseñar en la universidad sobre la que sí ocurrió y a traducir libros. También es autor de La guerra de 2012: Perú - Chile.

 

 

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